Opiniones

El sonajero que trajo de vuelta a mamá

Por Armando Avalos

Catalina Muñoz Arranz miró el sonajero de su pequeño Martín de ocho meses y no pudo evitar que las lágrimas se deslizaran por su mejilla. Había prometido ser fuerte pero al ver el juguete con el que hacia dormir cada noche a su bebe, la hizo recordar que su hijo crecería en la orfandad. Cuando los hombres armados la sacaron de su celda para ser fusilada, Catalina, puso el sonajero en el bolsillo izquierdo de su mandil. Frente al paredón, la pequeña mujer, de intensos ojos negros, gritó el nombre de su hijo y dijo que lo amaba. Dijo que siempre estaría con él y al ver que los miembros del pelotón rastrillaban sus armas para dispararle, cerró los ojos y comenzó a susurrar la canción de cuna de su niño. La canción que entonaba se paró bruscamente  cuando una bala atravesó su bello rostro y otras tres le perforaron la clavícula, las costillas y el bajo vientre.

Era la madrugada del 22 de setiembre de 1936. El cuerpo de Catalina fue arrojado en una tumba sin nombre por falangistas españoles en plena guerra civil en ese país. La habían acusado de ayudar a su esposo, quien había dado muerte a un falangista meses antes.

83 años después, debajo de un parque con columpios y juegos infantiles, arqueólogos españoles realizaron una excavación y hallaron el cuerpo de una mujer de 1.54 centímetros. Tenía huellas de disparos, había restos de su ropa, la suela de uno de sus zapatos talla 36 y lo más sorprendente, a su costado casi intacto, yacía un sonajero de varios colores con una flor. Solo le faltaba la canica o bolita que lo hacía sonar.

El sonajero permitió identificar inmediatamente el cuerpo de Catalina. Ella fue la única mujer juzgada y fusilada en la provincia de Palencia tras el triunfo de los franquistas en la guerra civil española. Pero según los archivos, cuando ella había sido perseguida, cargaba a su bebe Martín de 8 meses hasta que cayó en una zanja. Había calmado a su bebe con una sonaja hasta que fue capturada. Esa sonaja que llevó a la tumba y que ayudó a devolverla a casa.

El juguete junto a los restos de Catalina fue entregado a su familia, entre ellos al menor de sus 4 hijos, Martin, ya un anciano. Martín al ver la sonaja le tembló las manos y su primera reacción fue darle un beso al juguete, como si se lo diera a su mamá. A la mujer que adoró sin conocerla. Con la que soñó tantas veces.  El nombre que repetía cada vez que se sentía solo. Aquella mujer cuya presencia siempre sintió pero que en su memoria no tenía rostro, porque nunca tuvo una foto de ella.

Las súplicas de Martín fueron oídas por la antropóloga Almudena García-Rubio quien el 2019, reconstruyó el cráneo de Catalina y en base a unas pocas fotos de Martín y su hermana mayor Lucía y un análisis morfológico de los huesos, encomendó al artista Alba Sanín dar vida al rostro de Catalina, incluso con detalles como sus dientes delanteros separados, aquellos que ella odiaba y en broma pedía que ninguno de sus hijos heredara.

Al mostrársele el retrato a Martín, el anciano la miró largamente con ternura y dijo: “era muy guapa mi mamá”.

Martín y su familia pusieron en una urna de vidrio el valioso juguete y luego llevaron en un pequeño ataúd los restos de Catalina para que reposara al costado de su esposo Tomás de la Torre, quien tras salir de prisión al terminar la guerra civil, decidió nunca más volver a amar a otra mujer. Murió solo y con la nostalgia de no haberse podido despedir de su amada Catalina.

Al despedir a Catalina, su nieta Martina, hija de Martín, muy emocionada dio las gracias a los arqueólogos que ayudaron a su abuelita a regresar con los suyos y por fin decirle Adiós. Por devolverle un rostro y darle forma al recuerdo que para su familia significará  siempre ella, el de una mujer valiente, el de una madre que buscó incluso tras su muerte, la forma de estar unido a los suyos a través de un sonajero.

Cuando un ser amado ya no está, los lugares donde pasó, las cosas que nos recuerdan su amor y su sonrisa, se convierten en vínculo que nos mantiene unidos, que nos hacen soñar que aún nos pueden ver y oír. Que aún podemos engañar al destino y aunque sea por unos segundos, sentir que está con nosotros. Como el sonajero de Catalina que fue su último mensaje a su hijo de que siempre estuvo con él.  


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