Opiniones

Crisis y Bicentenario

Augusto Lostaunau Moscol

En una entrevista publicada en el diario La República el domingo 28 de diciembre de 2020, Rafael Roncagliolo indicó que:

“El desencanto con la democracia se ha extendido en todas partes, al tomarse conciencia de que una cosa es elegir periódicamente y otra, muy distinta, gobernar cotidianamente. Los ciudadanos eligen, pero los que gobiernan son, en gran medida, los poderes fácticos. Esta conciencia se ha vuelto más aguda en este tiempo, en el que probablemente estamos iniciando la era de las pandemias”.

En el caso peruano, el desencanto por la democracia se ha vivido desde 1980, cuando regresamos a ese modelo luego de doce años de gobierno militar. Un elemento clave para entender ese momento, fue la elección presidencial del expresidente Fernando Belaunde Terry. Precisamente, quien salió de Palacio de Gobierno la madrugada del 3 de octubre de 1968, regresaba a la Casa de Pizarro el 28 de julio de 1980. ¿Cómo entender que un expresidente que dirigió un régimen acusado de corrupción y cuyo golpe de Estado fue aplaudido por las grandes mayorías, regrese al mismo cargo casi 12 años después? Una respuesta tentativa fue la campaña política del miedo.

Más allá de la campaña política que hacen los candidatos presidenciales que buscan convencer a los ciudadanos votantes de esta frágil e inútil democracia, existe otra campaña soterrada y furtiva que, busca inclinar la balanza al candidato que asegure continuar administrando el país en favor de los grupos de poder económico que históricamente han dominado el país.

En 1980, la campaña furtiva fue en relación con la Ley del Inquilinato. En esos años, se suponía que el candidato Armando Villanueva del Campo, del Partido Aprista Peruano, de llegar a la presidencia (que en nuestro país no necesariamente significa llegar al poder), impulsaría la famosa ley del inquilinato. Entonces, los grupos de poder económico decidieron apoyar al candidato Belaunde porque, mientras la izquierda no logró una candidatura única, por el otro lado se encontraba Luis Bedoya Reyes de ingrata recordación por el caso Cromotex. De esa manera, Belaunde logró atraer los votos anti-Villanueva.

En 1985, nuevamente la campaña furtiva de terror se hizo presente. Ahora fue contra el candidato Alfonso Barrantes Lingán de la Alianza Electoral Izquierda Unida. Aquí debemos dejar en claro que Izquierda Unida fue una Alianza Electoral; no fue un partido político, y lo decimos porque al finalizar el milenio anterior, cuando se puso de moda la idea de “partidos tradicionales” y su desaparición, cierto periodista indicó que la desaparición del partido Izquierda Unida es el mejor ejemplo de la “crisis de los partidos políticos”. Lo cual es completamente falso. Aunque, cada cierto tiempo se ponen de moda términos sin ningún rigor científico y sin mayor importancia para el análisis e interpretación de la realidad, los cuales sólo sirven para distraer a los ciudadanos.

Ese año la contra campaña o “guerra sucia” no fue con el manido “terruqueo”. Izquierda Unida fue la organización política que más militantes y simpatizantes perdió en manos de Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas y Policiales. A nadie se le ocurría relacionar a Izquierda Unida con los grupos alzados en armas. Se sabía que eran dos opciones muy diferentes. Entonces, la campaña soterrada fue indicar que, si la Izquierda vencía, los barrios “residenciales” serían invadidos por los habitantes de los cerros y los pueblos jóvenes que rodean Lima. Tu casa de dos pisos la tendrías que compartir con una familia de migrantes y si tenías dos televisores, “los rojos te quitarán uno”. No debemos olvidar que estas campañas siempre se realizan en las ciudades y principalmente en Lima. Así, el joven candidato Alan García Pérez, del Partido Aprista Peruano fue el elegido para recibir los votos anti rojos. El gobierno del PAP (1985-1990) se caracterizó por entregar la economía y los recursos del país a un grupo de empresarios. Los llamados Doce Apóstoles dirigieron el Perú, mientras Alan García Pérez sólo estaba en piloto automático.

Las elecciones de 1990 han sido las más estudiadas desde las ciencias sociales y otras disciplinas. La contra campaña ya no fue tan soterrada. Abiertamente se dijo que el candidato Mario Vargas Llosa, del Frente Democrático-FREDEMO era el candidato de los ricos; mientras que, Alberto Fujimori de Cambio 90, era el candidato de los pobres. Incluso, la campaña de Alberto Fujimori fue la mejor llevada en los últimos 40 años. Llegaba a los pueblos jóvenes en la tolva de un camión. Lima fue la ciudad que recibió miles de inmigrantes entre las décadas de 1940 a 1970. La gran mayoría llegó a la capital en la tolva de un camión. Luego, en las décadas de 1960 a 1980, se formaron los pueblos jóvenes luego de las invasiones. Los invasores llegaban en la tolva de un camión. Entonces, ver a un candidato presidencial llegar en manga de camisa y sobre la tolva de un camión era como ver a uno de ellos. Nada de autos blindados. En política no existen coincidencias.

El golpe de Estado del 5 de abril de 1992 y la captura de Abimael Guzmán Reynoso en septiembre del mismo año, significó el nacimiento de un nuevo elemento para la campaña furtiva. Mientras por un lado se sostenía que Alberto Fujimori venció el terrorismo; por otro lado, el “terruqueo” sirvió para desacreditar políticamente a cualquier opositor. Fue efectivo en las elecciones de 1995 y 2000. Aunque también hubo fraude y cambio de votos.

Las grandes movilizaciones de 1998 y 1999 fueron el preludio perfecto para la Marcha de los Cuatro Suyos. La caída de la dictadura no significó mayores cambios en las costumbres electorales. En las elecciones de 2001, la campaña fue contra el candidato Alan García Pérez, quien desde 1992 fue declarado reo contumaz, pero en el 2001 un juez determinó la prescripción de los delitos cometidos durante su primer gobierno. No fue declarado inocente -como se ha querido escribir- sus delitos prescribieron. Se sostenía que llegaba con sed de venganza contra aquellos empresarios que aprovecharon su gobierno para hacer fortunas mayores y que jamás intercedieron por él durante la década de 1990. Del otro lado, se encontraba Alejandro Toledo Manrique, quien realizó una campaña electoral aprovechando el factor étnico. El Cholo Toledo y Después de 500 años nos toca, fueron sus lemas no oficiales que llenaron plazas y parques. Mientras, su lema Toledo Más Trabajo indicaba -indirectamente- que el modelo “funcionaba” y no se debía hacer ningún cambio en lo económico. Salvo, profundizar las contrarreformas de la década anterior, precisamente para lograr más trabajo. Se inició la era de los Tratados de Libre Comercio.

En las elecciones de 2006, el expresidente Alan García Pérez se presentó como el gran aliado que los grupos de poder necesitaban para seguir controlando el gobierno. Al frente se encontraba un comandante retirado que gozaba del mito de haberse sublevado en armas contra la dictadura y ser amigo de los gobiernos latinoamericanos que se proclaman socialistas del siglo XXI. La contra campaña ubicó a Humala como parte de un grupo de gobernantes comunistas, socialistas y corruptos. No se escatimó esfuerzos en realizar una sinonimia entre socialismo-dictadura versus democracia-libertad. Así, García ganó las lecciones y siguió gobernando en piloto automático.

El 2011, un “rebautizado” Ollanta Humala se presentó a la segunda vuelta como el candidato que aseguraba la continuidad del modelo y de las contrarreformas de la última década del siglo pasado. Junto a su padrino político Mario Vargas Llosa, recibió todo el apoyo contra la candidata Keiko Fujimori Higuchi, hija del exdictador y reo Alberto Fujimori. Mientras la candidata se presentaba como la hija de quien venció el terrorismo; la política del “terruqueo” fue utilizada durante los gobiernos de Toledo y García para desacreditar cualquier protesta social. Entonces, empezó a surgir la contradicción “Si Fujimori venció el terrorismo, quienes son esos terrucos”. Los grupos de poder tuvieron que refinar la política del “terruqueo” y sostener la idea de “remanentes” y “reorganizados”.

En las elecciones de 2016, el candidato Pedro Pablo Kuczynski, que era la cabeza de una organización política autodenominada Peruanos Por el Kambio, cuyas siglas PPK coincidían con las iniciales del candidato presidencial, siendo un recurso electoral bastante magro y muy corriente. Pese a ello, logró los votos de la contra campaña que se realizó -otra vez- contra la candidata Keiko Fujimori Higuchi. El mismo discurso de corrupción y terruqueo. Casi una copia de las elecciones anteriores.

Entonces, desde 1980, los ciudadanos peruanos han votado por el candidato apoyado directa e indirectamente por los grupos de poder. El voto anti es el que inclina la balanza en la segunda vuelta. Pero, el ganador sólo tiene votos prestados. Al primer error, inmediatamente las movilizaciones sociales se vuelven cosa común.

Lo sufrió Alejandro Toledo cuando se intentó privatizar la empresa eléctrica del sur del Perú. El Arequipazo. Lo sufrió Alan García Pérez cuando se burló de los ciudadanos peruanos de la Amazonía. El Baguazo. Lo sufrió Ollanta Humala cuando luego de decir “agua sí, oro no”. Conga en Cajamarca. Lo sufrió Kuczynski cuando dijo “no al indulto” y el 24 de diciembre indultó al reo Alberto Fujimori, lo cual significó manifestaciones que terminaron con el régimen de PPK y determinó el inicio de un régimen escandaloso como el de Martín Vizcarra.

En el Perú, el desencanto por la democracia se ha extendido desde 1980. No ha sido un sistema verdaderamente representativo. Por el contrario, manipulado por los grupos de poder, la democracia sólo ha significado pérdida de derechos ciudadanos.

En medio de la crisis política de la democracia que lleva cuatro décadas, se presentó la pandemia que determinó una crisis mayor. La democracia no significó más y mejores hospitales, no significo más y mejores escuelas, no ha significado más y mejores vías de comunicación. Y, en medio de esa crisis, un presidente irresponsable como Martín Vizcarra decidió enfrentarse al Congreso de la República. Vizcarra fue vacado utilizando para ello una figura constitucional válida. Una nueva crisis. Los medios de comunicación hegemónicos lanzaron a miles de peruanos a las calles. Pero, cuando los trabajadores del campo exigieron mayores salarios y el cumplimiento de los derechos laborales, esos mismos medios volvieron al terruqueo.

Para este 2021, en medio de la pandemia y frente a un intrascendente Bicentenario, las campañas sucias y furtivas ya están en marcha.


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