Opiniones

La actualidad del pensamiento de José Antonio Encinas

Augusto Lostaunau Moscol

La actual pandemia de COVID 19 le está quitando el bonito maquillaje que encantadoramente cubría el horrible rostro de la realidad peruana. Cuando los economistas a favor del modelo se deshacían de halagos frente a los “grandes logros” de las últimas tres décadas, el Coronavirus llegado por vía aérea desde Europa, terminó siendo el baldazo de agua cristalina que permitió transparentar la real situación del Perú.

En el aspecto educativo, ha quedado demostrado, hasta el hartazgo, la inexistencia de un modelo educativo, de un sistema educativo y de una política educativa. Mejor dicho, la educación –y, principalmente, la educación pública- siempre ha sido el convidado de piedra en el festín de la república. Ya sea en el siglo XIX o en el siglo XXI, a ningún gobernante le ha interesado verdaderamente crear un modelo educativo que responda a la realidad del Perú. Tampoco, gestionar un sistema educativo que permita alcanzar el sueño trunco de las oportunidades para todos. Mucho menos, diseñar una política educativa que tenga como objetivo resolver los problemas del país desde la escuela hasta la universidad. En el Perú, educación y política son dos grandes enemigas que siempre andan peleadas y pasan sin rozarse.

En 1932, la Imprenta Minerva editó el libro Un Ensayo de Escuela Nueva en el Perú, del maestro José Antonio Encinas. Como él mismo lo indicó en la Nota Preliminar, con la que abre el texto, el libro fue escrito en la ciudad de París en 1930. Anotando que, pese a que transcurrieron dos años desde su redacción hasta su publicación, ese tiempo no le ha quitado ninguna actualidad. Vale decir, José Antonio Encinas se preocupó por entregar al lector un texto de completa actualidad.

Pero, lo que jamás pensó el maestro Encinas, es que 90 años después de su redacción, el libro sigue siendo críticamente actual. Transcurridos dos siglos de República, en el Perú, la educación y la política siguen siendo esas dos grandes enemigas que siempre andan peleadas y pasan sin rozarse. En los últimos 40 años, los gobiernos se han dedicado exclusivamente a destruir la educación pública en beneficio de hacer un negocio de la enseñanza y la necesidad de aprender. Un vil negocio que, veinte años después de la era de la privatización, la educación privada y privatizada no ha dado ningún fruto beneficioso al conjunto de la sociedad peruana.

Encinas sentenció que:

“El Perú ha vivido, pues, ochenta y cuatro años de su vida republicana sin contar con los beneficios que reporta un magisterio científicamente preparado. Ni sus escuelas, ni sus colegios, ni sus universidades pudieron, por eso, salir del círculo en que el empirismo los había cerrado…Las escuelas normales fueron olvidadas al extremo de que muchas personas desconocían la verdadera misión de aquéllas”.

Hoy podemos decir que el Perú ha vivido doscientos años de su vida republicana sin contar con los beneficios de un magisterio científicamente preparado. Más allá de raras excepciones, el grueso del magisterio del Perú no investiga; no desarrolla ciencia; no produce conocimiento científico. En las universidades, la mayoría son simples comentaristas y divulgadores de libros y autores que conocieron cuando realizaron sus estudios de posgrado. Incluso en el extranjero. La moda de salir a realizar estudios –gracias a una beca- y regresar con la maleta llena de libros de autores “nuevos y desconocidos” en ese viejo callejón sucio y abandonado en que han convertido a la universidad pública peruana, determina que el profesor “recién llegado” se convierta en una suerte de moneda de oro. Todos lo siguen. Todos lo escuchan. Todos lo miran. Hasta que, esos autores dejan de ser “nuevos y desconocidos”, entonces, otro docente “recién llegado” ocupará su lugar en las conferencias y tertulias de cafetín. Pero, esto no es color de rosa. También empezarán los chismes y la lucha por el cargo y la oficina. Entonces: todo se empantana “al extremo de que muchas personas desconocían la verdadera misión de aquéllas”.

Esta situación se puede explicar a partir de la siguiente afirmación de Encinas:

En el Perú siempre se ha apreciado las cosas por la cantidad y la forma. Siguiendo este concepto se fundan escuelas y se invierte dinero sin plan alguno, sin orientación pedagógica de ninguna especie. Por eso, la campaña pedagógica de 1876, como la de 1903, no puede compararse, por ejemplo, a la que Sarmiento efectuó en la Argentina. Es que una política educativa supone, ante todo, una verdadera depuración de valores políticos”.

 No cabe duda que el Bicentenario será una buena oportunidad para tratar de iniciar una primera política educativa en el Perú que determine el surgimiento –también por primera vez- de un sistema educativo. Ambas cosas no las tenemos y no las hemos tenido. Lo que han hecho desde el ministerio es, simplemente, contratar “especialistas” que impusieron sus lecturas de posgrado. Nada más. Peor aún, cuando esos posgrado fueron gracias a becas de instituciones financiadas desde los centros de poder económico y político mundial. Así, nuestra educación es sólo un vulgar remedo de un modelo periférico.

Además, el dato histórico de Encinas es un buen ejemplo. La campaña pedagógica de 1876 fracasó. Su fracaso no se debe a la derrota peruana en la Guerra contra Chile. Esa derrota puede ser tomada como pretexto por aquellos “historiadores deshistoriados”. Y no es así. El fracaso se debe a que no existió ningún criterio pedagógico. Incluso, sólo fue parte de un proyecto político de una Club Político como fue el civilismo prebélico. Será recién en la posguerra que dejará de ser un Club Político para ser un Partido Político. Y, este Club Político civilista no logró depurar sus propios valores políticos. De esa manera tiñó la campaña pedagógica, sentenciando su fracaso de antemano. Igual ha sucedido en todo el siglo XX. Gobiernos que sólo han inaugurado colegios (cantidad y forma). Algunos construidos rodeados de áreas verdes. Otros colegios parecen colmenas. Sólo cantidad. Gobiernos que la misma lógica han practicado en otros sectores. Inauguraron hospitales y los nombraron en homenaje a su líder-fundador. Todo un insulto para la medicina peruana. Otros construyeron carreteras y le pusieron el nombre de militantes de su partido que no hicieron nada por el país. Un insulto a la ciudad. Ojalá que durante el periodo pospandemia, no surjan voces que sostengan que por “culpa” de la emergencia sanitaria, el modelo educativo fracasó. Lo cual no es cierto. Sin sistema educativo y con un modelo educativo impregnado de ideología política neoliberal y capitalista, el fracaso era inminente. La pandemia sólo demostró lo inútil que es. Y la universidad también está inmersa en esa tragedia. Ningún posmoderno ha salido a decir que la pandemia es sólo una construcción ideológica. Otro fracaso. Pero, en las universidades aun se mantienen los llamados “silabo por competencia” que en realidad es sólo un jocoso documento que será evaluado por algún burócrata. En el aula, la realidad es real.

Encinas indicó que:

“La Escuela, en lugar de ser un campo de observación y de experimentación fecundas y un centro de agitación espiritual, se convierte por la fuerza de las cosas en un carcomido edificio donde se congrega a los niños para enseñarles lo que ellos saben, o para dictarles normas de conducta ajenas a su propia índole y a los intereses dentro de los cuales la humanidad vive”.

Mejor dicho, la escuela es simplemente un periodo de vida que debe transitar la persona en su afán de poseer algún documento que acredite tener estudios. La escuela se ha convertido en sinónimo de certificado de estudios. Se ha perdido la esencia de la misma. Los niños y adolescentes ya no van al colegio para convertirse en personas útiles a la sociedad. Los jóvenes ya no van a la universidad para convertirse en profesionales poseedores de conocimientos útiles a la sociedad. Ahora, son sólo clientes del sistema y del modelo. Un buen pretexto para subsumir más y más la economía familiar. Profesionales que no pensarán cómo solucionar los problemas; sino que, por el contrario, sólo sirven para tapar los problemas. El pensamiento crítico fue “terruqueado”, y con ello, desterrado de las universidades. Hasta la educación es informal en el Perú. Tenemos un Ministerio de Educación que su última prioridad es la educación. La clase dominante peruana solucionó su problema educativo mandando a sus hijos a estudiar en el extranjero. Por ello, han dejado que la educación se hunda en un pozo tan profundo que no existe esperanza que pueda salir de él a corto o mediano plazo.

No cabe duda que necesitamos de un gobierno que declare la educación en el Perú en Estado de Desastre. La privatización de la educación no fue, no es y  no será la solución. El Derecho a la Educación debe ser la piedra angular sobre la cual se debe construir un sistema educativo real y realista. Para ello se necesita de un gobierno verdaderamente peruano. No lo que hemos tenido en los últimos doscientos años.



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