Tratamientos

¿Un viejo tratamiento para un nuevo virus?

Polémico tratamiento. Cloroquina e hidroxicloroquina, dos fármacos usados para curar a pacientes con malaria, paludismo o que sufren reuma y artritis.

Lima.- Todo empezó cuando científicos chinos anunciaron que las pruebas con cloroquinina (un médicamento muy común para pacientes afectados de malaria) realizadas in vitro, es decir, en laboratorio, demostraron que arrasaba con el COVID-19. El tratamiento ya había sido ensayado con éxito el 2005, pero en chimpancés y con el coronavirus de turno, de esos que cada cierto tiempo aparecen en China por la mala costumbre de consumir animales silvestres.

Esta vez las pruebas se hicieron en células humanas y el resultado fue alentador: el COVID-19 moría al contacto con la cloroquina.

El problema es que, si bien la cloroquina sivió para inhibir al nuevo coronavirus, los médicos saben que resulta tóxico para el hígado. “No sólo provoca daños hepáticos -nos dice el Dr. Ciro Maguiña-, tampoco es recomendable para hipertensos y pacientes con males cardiacos”.

En eso estaban los chinos cuando llegaron noticias de un laboratorio francés donde se aplicaba dosis de hidroxicloroquina -más seguro y menos tóxica que la cloroquina- mezclado con Azitromicina, un viejo antibiótico muy usado para neumonías y problemas bronquiales. La buena noticia se originó por un ensayo con 36 pacientes en Francia (ver gráfico) donde aquellos infectados con el COVID-19 que recibieron la dosis de hidroxicloroquina más Azitromicina se recuperaron en menos de cuatro días.

Para los científicos, sacar conclusiones con una muestra de solo 36 pacientes es poco menos que una herejía, pero en la actual pandemia provocada por el COVID-19 es casi un milagro. De inmediato, el propio Donald Trump ofreció una rueda de prensa donde leyó un discurso que, en resumen, otorgaba a este tratamiento con el binomio de medicamentos un estatus de remedio nacional, pese a que la todopoderosa FDA (entidad federal que regula los alimentos y las medicinas en todo EEUU) no se atreve a dar el visto bueno para su uso.

El paladín de este tratamiento es el Dr. Didier Raoult, director del Instituto Mediterráneo de Infecciones y experto de renombre internacional en enfermedades infecciosas contagiosas. En un reportaje publicado en el diario Clarín, Raoult considera que “un tratamiento contra la malaria, basado en 600 mgs de hidroxicloroquina cada 12 horas, y un comprimido de azitromicina por día, pueden derrotar la pandemia. El gobierno francés autorizó los ensayos clínicos en varios centros hospitalarios de Francia y el alcalde de Niza, Christian Strossi, contagiado, ordenó comenzar a aplicarlo en su ciudad”.

La azitromicina es un antibiótico clásico en el tratamiento de las infecciones respiratorias de origen bacteriano. Es decir, en las neumonías o en las bronquitis causadas por bacterias. También un efecto antiinflamatorio y se usa porque los pacientes infectados de COVID-19 tienen un alto riesgo de infecciones bacterianas asociadas.

Ahora sabemos que Roualt inició sus investigaciones con un ensayo clínico realizado en diez hospitales chinos para evaluar la eficacia de la cloroquina en los tratamientos asociados al Covid-19. “La capacidad antiviral y antiinflamatoria de la cloroquina podría tener una eficacia potencial para tratar a pacientes afectados con neumonía provocada por el COVID-19”, declaró a la periodista de Clarín.

“Raoult fue autorizado a fines de febrero a comenzar ensayos clínicos en 24 pacientes con coronavirus Covid 9 en Francia con extraordinarios resultados. Fue invitado a ser miembro del comité de 11 especialistas asesores del presidente Emmanuel Macron”, agrega el revelador reportaje.

Sin embargo, el Dr. Maguiña, experto en Epidemiología, se muestra cauto con este trata-miento. “No se puede aplicar a todos los pacientes afectados de COVID-19. La hidroxicloroquina se receta a pacientes con reuma o artritis, pero antes se debe realizar un electrocardiograma porque provoca arritmias. Algo similar sucede con la azitromicina”.

Para Maguiña, lo bueno de este tratamiento es que ambos medicamentos abundan en las farmacias y son relativamente baratos.

Lo curioso es que el tratamiento tiene un antecedente natural en el árbol de la quina que decora nuestro escudo patrio.

Lo cierto es que tanto la cloroquina como la hidroxicloroquina son medicamentos sintéticos, de laboratorio, que surgieron precisamente cuan- do la demanda de quinina (un fármaco extraído de la corteza de la quina) usado en Europa y Estados Unidos prácticamente exterminó el árbol andino. Y si no fue completamente exterminado fue porque los científicos en los años 40 del siglo pasado elaboraron medicamentos sintéticos como la cloroquina. Es una situación similar a la del caucho: su uso masivo provocó una sobreexplotación en la Amazonía con genocidio de por medio, hasta que en plena Primera Guerra Mundial los científicos lograron elaborar un caucho sintético que evitó el exterminio del árbol amazónico y detuvo la esclavización de nativos.

Fuente: La República


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