Armando Avalos Espichán

Los árboles enseñan de pie. Las lecciones que encontramos en un jardín

El “árbol del viento” en Brasil.

Escribe Armando Avalos.- En una oportunidad grabando un reportaje en Brasil, llegamos a un páramo enorme donde corren fuertes vientos que llegan a los 100 kilómetros por hora en ocasiones. Y en medio de una loma había un viejo árbol que sirvió de inspiración a los pobladores para luchar contra la inclemencia del clima y poder asentarse en ese lugar. Lo llaman “el árbol del viento” y por los ventarrones que son habituales ahí, sus ramas y hojas han crecido de manera horizontal.

Muchos turistas llegan hasta este árbol para tomarse fotos alucinantes. Es un ejemplo de adaptabilidad y un guía turístico nos narraba emocionado, que cuando ocurrían los fuertes vientos y se llevaba los techos de las casas y arruinaba los sembríos, muchos desertaban y buscaban lugares con climas más propicios. Pero hubo un viejo que miró el árbol y dijo a los jóvenes que aprendieran de ese árbol. Que no luchaba contra la naturaleza sino se adaptaba a ella. Que, pese a lo hostil del lugar, ese árbol había crecido y el viento del que todo se quejaban le había dado libertad para crecer diferente. Y justamente esa diferencia era ahora el símbolo de su belleza.

La contundencia de las frases de ese viejo, llevaron a un grupo de valientes pobladores a quedarse y convertir ese lugar en su hogar. Y hoy, ese árbol que los motivó tanto, es un atractivo turístico que los ayuda a seguir creciendo.

Cuando uno quiere aprender en la vida, puede encontrar lecciones hasta en un árbol, porque señores la naturaleza es sabia.

Y comencé narrando este episodio del “árbol del viento” de Brasil, porque en mi vida, una de las lecciones más nobles que recibí fue justamente de un árbol que sembré en mi casa. 

El “árbol del viento” un atractivo turístico e inspirador. 

Una vez llegué a mi casa con muchas flores y plantas para a arreglar mi jardín. Comencé a sembrarlas y entre las plantas que adquirí había un pequeño árbol de ficus que estaba de oferta. Cuando terminé de sembrar todas las flores no sabía dónde colocar el árbol de ficus. Tenía claro que crecería mucho y tendría raíces muy profundas y el “único” lugar donde podía colocarlo era un descampado que había detrás de mi casa, cerca de un silo.

Era el peor lugar, era consciente pero sabía que si crecía en otro lugar tendría un día que cortarlo. El espacio estaba lleno de pasto, yerba, arena muerta y piedras. Luego de un mes volví a ver cómo iba el árbol y no lo vi. El pasto crecido lo ocultaba, la yerba lo había comenzado a enredar, pero su única rama se alzaba sobre ellas como buscando desesperadamente un poco de luz y aire.

Al verlo así me conmovió y lo ayudé. Le saqué la yerba, corté el pasto que lo rodeaba y traje abono y tierra de chacra. Aboné todo su alrededor y lo regué.

Pasaron los meses y el árbol comenzó a crecer rápidamente y sus ramas se alzaron vigorosas. Llegó el verano y lucia hermoso y nos daba sombra. Con mi esposa comíamos debajo de su sombra y jugaba con mis hijos debajo de él. Una mañana, mi esposa se despertó con un dulce sonido que provenía de nuestro ficus. Unos pajaritos recién nacidos cantaban entre sus ramas y luego de unos días alzaron vuelo y se marcharon.

De lo alto cayó el nido de pajas que la mamá de esos pajaritos había hecho con mucho trabajo y amor.

En esos días, una de mis hijas partía a Canadá y al ver el nido, le dije a mi esposa: “Que curioso, pareciera como si el árbol” nos enviara un mensaje con ese nido caído. Que, en la vida, por más que nos duela, debemos dejar a nuestros hijos volar y dejar el nido.

Mi árbol de ficus, me demostró que, la flor más valiosa es aquella que crece en el infortunio. Luchó por su vida en las peores circunstancias y cuando le dimos protección y cuidado, se volvió fuerte y nos devolvió con creces lo que le habíamos dado.

En sus ramas la vida a florecido. Con su manto nos protege del calor, su regazo se ha convertido en lugar donde compartimos momentos lindos con mi familia, cada mañana el sonido de los pájaros que se posan en sus ramas nos despierta y el viento fresco que el modula con sus hojas, es una bendición.

Junto a mi esposa y al pie de nuestro árbol, hemos prometido que mientras vivamos ese árbol de ficus seguirá acompañándonos y no permitiremos que nadie lo toque. Porque ese árbol nos ha dado grandes lecciones de lucha y amor. Y como escribió una vez el psicólogo español David Solá “no regamos una flor si se abre, la regamos para que se abra”.

El árbol de mi casa, me recordó que las grandes lecciones de la vida incluso podemos encontrarla en nuestro jardín.


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