Armando Avalos espichán

Las travesuras que nos humanizan. Izando un calzoncillo y la lección del humor sano

Escribe Armando Avalos.- Cuando estaba en el colegio José Olaya de Chorrillos, un día los profesores hicieron una pollada para comprar un mástil de fierro y una bandera para el patio del plantel. Como todos los papás no cumplieron con pagar las polladas a tiempo, solo les alcanzó para comprar el mástil. Luego que instalaron el mástil, uno de los docentes, el más estricto de todos, se ponía cada mañana con las manos atrás a ver el mástil y “soñaba despierto” que un día flamearía ahí una bandera.

Yo junto a unos compañeros, al ver al profesor con ojos soñadores y suspirando en poder colocar una bandera en el mástil, nos miramos y decidimos jugarle una broma.

Nos juntamos 4 alumnos y dijimos que cada uno traería un calzoncillo viejo de su casa. Al día siguiente montamos toda una operación para distraer al vigilante del plantel apodado “Chapulín”. Cuando el vigilante se distrajo, avisé a dos de mis compañeros que era el momento oportuno y ellos fueron corriendo al mástil e izaron uno de los calzoncillos.

El profesor como todos los días caminó al patio para ver el mástil y lo que vio lo horrorizó. Un calzoncillo azul con huecos flameaba en lo alto. ¡Chapulín! Gritó el maestro y el vigilante asustado llegó al lugar y quedó igual de sorprendido. El profesor furibundo le ordenó bajar el calzoncillo talla M de inmediato.

Luego lo amenazó, que ello, no debía volver a ocurrir y que montara vigilancia las 24 horas del día al mástil.

Al día siguiente “Chapulín” estaba sentado en una banquita y con un palo cuidando que nadie se acercara al mástil. Yo y mis compañeros cual comandos nos acercamos por los alrededores y montamos también guardia. El calor comenzó a hacer estragos en “Chapulín” que empezó a “cabecear” y luego de unos minutos se durmió.

Desde lo lejos le hice una señal a mis dos compañeros que corrieron sigilosamente al patio e izaron esta vez un calzoncillo rojo talla L y huyeron.

El profesor comenzó a hacer su recorrido del día y al ver de nuevo, otro calzoncillo flameando en el patio, gritó como nunca lo había hecho. ¡Chapulín! Y el pobre vigilante saltó de su banca. Miro el mástil y comenzó a maldecir.

El profesor esta vez ya descontrolado, lo amenazó con despedirlo si una vez más encontraba otro calzoncillo izado en el mástil y con altoparlantes recorría el colegio diciendo que estaban investigando qué alumnos estaban haciendo estas bromas y que si los descubrían serian separados del colegio. Y su frase final era “estos bromistas tienen las horas contadas”.

Esa amenaza hizo que decidiéramos seguir con la travesura. Al día siguiente “Chapulín” recorría el patio con un palo y ya no se sentaba para no dormirse. Además, iba acompañado de un perro chusco que llamaba Titan.

Esta vez cambiamos de plan. Uno de mis amigos, saltó las paredes del plantel y fue a la puerta principal y comenzó a tocar muy fuerte pidiendo ingresar. Así obligamos a “Chapulín” a descuidar su puesto de vigilancia. Y mientras “Chapulín” iba a abrir el portón, yo avise a dos alumnos que era el momento de clave y volvieron a izar un calzoncillo amarillo con dibujos de campanitas y huyeron.

Lo que siguió fue espectacular. “Chapulín” al regresar al patio entró en crisis. Comenzó a correr y a buscar la forma de bajar el calzoncillo sin que lo viera el profesor quien como era su costumbre ya estaba por llegar. Cuando “Chapulín” comenzó a descender el calzoncillo justo llegó el profesor. “Chapulín” puso una cara de terror mientras tenía al bendito calzoncillo a media asta. El profesor se agarró la pelada, cansado de esta guerra sin cuartel con los alumnos. Le dio unos golpecitos a la espalda del vigilante y le dijo: “Tranquilo Chapulín esos muchachos no van a cambiar. Saca el cordón del mástil. Nos ganaron”.

Yo con mis amigos, no paramos de reír porque nunca nos descubrieron, hasta hoy que cuento esta anécdota. En un reencuentro que hicimos con mis compañeros del cole, ésta era una de miles de anécdotas que recordábamos y que nos envolvía con su magia.

Las travesuras sanas, aquellas que no afectan a los demás, son una forma muy especial de poner a jugar nuestra inteligencia y de alegrar el alma. Es una muestra de flexibilidad ante la vida, algo que los psicólogos consideran esencial para el desarrollo sano de nuestra personalidad.

TRAVESURAS VS AUTODOMINIO

Las travesuras sanas son un recordatorio de lo bueno que es el humor en nuestras vidas. El psicólogo colombiano Walter Riso afirma que es poco probable que una persona muestre pasión o entusiasmo en la vida (un requisito para la innovación y la creatividad) si hace del hermetismo y el autodominio compulsivo un valor.

Este no es un artículo que incentive al caos o hacer travesuras todo el tiempo, pero a veces no está demás hacer algunas pequeñas travesuras o bromas que nos aligere la carga del día a día. Hay personas que confunden seriedad con ser sombrío.

El otro día, por ejemplo, pedí apoyo a un directivo en la institución donde trabajo a través de un correo y este me respondió con un enorme texto que comenzaba así: “Por el presente contesto el correo adjunto para confirmar nuestra colaboración en espíritu de reciprocidad institucional mutua…”. Plop, solo leyendo las primeras líneas y parecía que el día se volvía gris. Recuerdo que me quedé pensando y decidí solo poner de respuesta la palabra “Chevere”. No recibí más respuestas.

Como explica Walter Riso este tipo de personas sombrías jamás hacen travesuras ni bromas y toman la vida demasiado en serio. Riso dice en ese sentido: ¿Cómo gozar la vida si nos es prohibido “expresar demasiado”? Conozco gente que se disculpa por reírse. ¿Habrá algo más estúpido? “Perdón, pero estoy muy feliz y por eso me carcajeo”. Otros se tapan la boca cuando se ríen, como si tuvieran problemas de dentadura”.

Para los que aun quizá puedan confundir una broma o travesura blanca, les comparto la definición que hace Adam Grant de lo que es una verdadera broma. El sostiene que la gente ríe cuando una broma se desvía de los esperado o viola un principio sagrado de manera inofensiva, haciendo aceptable lo inaceptable. Al hacer broma uno corre un riesgo calculado para no ofender al público.

Así es, las travesuras son un riesgo que vale tomar a veces para pintar la vida de colores. Y decidí escribir sobre las travesuras justo cuando hice una más en mi casa al lado de mi esposa y mis hijos. Hacia 30 grados centígrados y convencí a mi hijo Renzo a que se lavara la cabeza en el jardín mientras le echaba agua con una manguera.

Cada vez que se enjuagaba y trataba de sacar el shampoo de su cabeza, yo le volvía a echar más y luego de unos diez minutos que nunca terminaba la espuma del shampoo sospechó y riéndose de la situación me mojó. Luego yo lo mojé y al meterse su mamá, también la mojamos y terminamos bañándonos y riendo al aire libre. Y todo gracias a una pequeña travesura blanca. Espero que luego de leer este articulo haga una pequeña broma o travesura inofensiva con mucho cariño, de seguro sus seres queridos se lo agradecerán y siempre usted saldrá ganando.


Comentarios


Suscríbete a nuestro Newsletter

Recibe nuestro Newsletter diariamente registrándote con tu email y mantente informado con las noticias más relevantes del día.

Suscribirme



También te puede interesar


Mas articulos

Sigue transmision gu db1ca652
Vision b91d938c

Gubanner2 b3d7e6eb

Regional a20152bcJne fe996a39Pagina c29a18dbPunto ec62ee0fEscape 42989b8bFamilia e0a9160dVocacion 6ec01671Saludable 5fa274c9

Chela2 b2b72599

Anuncioscomerciales a7590232



Gaceta Ucayalina Radio - Música y Noticias
0:000:00