Armando Avalos Espichán

Gajes del oficio. Cuando cubres noticias desde el infierno

Escribe Armando Avalos.- Cuando era un adolescente y se me había metido el bichito de ser periodista, no me perdía cada capítulo de la serie de televisión Kolchak que narraba las peripecias de un reportero muy intrépido que resolvía los más misteriosos y sobrenaturales casos.  En uno de mis capítulos favoritos, Kolchak ingresó a la casa de un hombre vampiro que tenía cautiva a una joven. Las balas no le hacían daño al vampiro, por lo que con una cruz en mano y una estaca, el reportero logró matarlo.

Kolchak arriesgaba su vida siempre en busca de cada noticia. Lamentablemente por lo terrorífico y fantásticas de sus historias nadie le creía y por diversos motivos nunca podía publicar sus grandes aventuras.

Cada vez que iba a la escuela, alucinaba también ser reportero un día y estar en esos lugares alucinantes. Lo que nunca me imaginé es que a veces la vida real supera la ficción y muchas de las cosas que vi en mi carrera, habrían hecho estremecer al propio Kolchak.

A veces, los que comienzan una carrera tienen una idea de una profesión, la idealizan y solo ven lo bueno. Cuando dicen: ¡Seré periodistas!, piensan en salir en la tele, viajar, ganar bien y codearse con famosos. Pocos piensan en el concepto. Una labor sacrificada, no muy bien pagada, jornadas de trabajo de más de 15 horas, cubrir noticias incluso con el peligro de tu vida, afrontar presiones, amenazas y en muchos casos ver cosas que te quitan el sueño. Solo la vocación es lo que equilibra los dos factores y nos mantienen en la brega.

Les voy a compartir dos, de cientos de comisiones que me hicieron pensar por momentos que estaba dando vida a Kolchak.

En el distrito de Comas. Un joven de 22 años, seguidor de una secta satánica, había obligado a un vecino suyo a ingresar a la primera planta de su casa. Ahí, lo torturó, lo colgó en una cruz que tenía encima una túnica de Kukusklan. Cuando el joven estaba moribundo, cogió un machete y lo descuartizó.

Luego dibujó imágenes de animales en las paredes con la sangre de su víctima. Tras su horrendo crimen, el joven desquiciado comenzó cantar y danzar en su sala, en una escena macabra. Al ver los vecinos por la ventana el espantoso espectáculo, llamaron a la policía.

Cuando ingresé a la escena del crimen, nada de lo que me habían enseñado en la Universidad ni los 20 capítulos de Kolchak me prepararon para lo que iba a ver. La sala parecía pintada de rojo. Todo el lugar estaba manchado de la sangre de la víctima. Pese a que caminaba con cuidado, en un momento pisé una oreja de la pobre victima que los peritos olvidaron recoger.

Al costado de una cama había una cruz con clavos incrustados y una túnica blanca. Más adelante abrí una puerta que daba paso a un cuarto que parecía sacada de las películas de terror. Se sentía un olor horrible. En el piso, había decenas de palomas decapitadas y en un colchón, un perro descuartizado en estado de putrefacción.

Más allá de lo que veía, sentía en todo el ambiente algo que no podría explicar con palabras. Sentía la maldad en ese lugar. Era un ambiente espantoso, pesado y donde uno no podía dejar de estremecerse solo al pensar en el dolor que la víctima de este sujeto habría pasado ahí. Las pulgas comenzaron a subírseme por las piernas al igual que a mi camarógrafo. Ambos, hastiados de todo eso, decidimos salir corriendo del lugar. Al llegar a mi casa, me bañé tres veces y esa noche, cuando hacia dormir a mis hijas, agradecía porque vivían en un ambiente sano y seguras.

Y claro, me preocupaba solo al imaginar que en sus vidas, pudieran toparse con sujetos tan llenos de maldad.

Justamente el cubrir noticias de tantos crímenes y hechos tan horribles, me hicieron ver la vida desde otro punto de vista. Me enseñaron a luchar contra la violencia, las ideas dogmáticas y extremistas que justamente llevan al ser humano a cometer en su nombre, las peores atrocidades. Han sido unas cuatro veces que casi muero cubriendo información. El estar cerca de la muerte me enseñó a disfrutar el momento y a los seres que me rodean. Porque a veces pensamos que aquellos que nos acompañan, siempre estarán ahí y eso lamentablemente no es así.

DOS HERMANAS EN MESA REDONDA

La navidad del 2001, fui con mi esposa a Mesa Redonda a comprar unos adornos de navidad. Ingresé a una tienda y dos agraciadas hermanas y, además muy divertidas, me atendieron. Esa mañana en medio de bromas y pedidos de rebaja, las dos jóvenes me vendieron un arbolito, luces y adornos para mi nacimiento. Las dos me decían: “Le dejamos baratito para que regrese y nos haga un reportaje”.

Lamentablemente volvería a esa tienda para grabar un reportaje sobre la tragedia donde más de 300 personas murieron carbonizadas, entre ellas las dos hermanas de esa tienda.

La noche del 29 de diciembre del 2001, cuando ingresaba a Mesa Redonda, el olor a carne quemada era insoportable. La primera imagen que me impactó fue ver a decenas de personas abrazadas y calcinadas al costado de un auto Volkswagen. Todo estaba a oscuras y solo veíamos con la luz de los sirenas y linternas de nuestras cámaras.

Cuando caminaba por la puerta de una galería, había una caja grande de luz de la cual salían aun chispas. Los bomberos nos pedían que retrocediéramos. Al retroceder, pise algo blando. Al mirar bien era un  ser humano. Una luz de una linterna alumbró por unos segundos su rostro cadavérico, que tenía una expresión de terror que jamás podré borrar de mi mente.

Seguí caminando por la galería y en un momento, reconocí la tienda de las dos hermanas que días antes me habían vendido los adornos de navidad. Solo encontré un pedazo de tórax y una pierna de cada una de las hermanas. Me persigné y traté de contener las lágrimas.

Cuando salí del lugar, de Latina, me llamaron para pasarme por teléfono con un canal de España, que querían un enlace telefónico y que yo contara lo que había visto. Empecé a narrar lo que había vivido con esas vendedoras y cómo las había encontrado carbonizadas. Luego no pude seguir hablando. Me mordí los labios para no llorar y un eterno silencio se sintió en la transmisión.

El colega español me disculpó. Y terminé la transmisión lloroso y sentado al lado de decenas de cuerpos quemados.

Hay quienes ese tipo de experiencias lo insensibilizan. Pero por el contrario, el vivir estas experiencias me hicieron más sensible al dolor humano y fueron un motor que me marcó. Que me hizo tener claro lo importante de tener un propósito en nuestra carrera. Que cubrir una noticia no solo es para mostrar un hecho trágico, sino dejar una reflexión a la gente, ayudar al prójimo con lo que informamos, en ponernos en el lugar de las personas que sufren y que ven en la prensa, un medio para lograr ayuda y en los periodistas profesionales que nunca debemos perder nuestra humanidad.


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