Armando Avalos Espichán

Tengo una cita para cenar con mi celular

El lugar que se ganó el móvil al costado del tenedor, la cuchara y el cuchillo.

Escribe Armando Avalos.- Estaba en la selva de Ucayali en un pueblo llamado Santa Marta. Había llegado con mis cámaras y cantantes de Yo Soy para hacer un reportaje por navidad y habíamos llevado regalos y un show para los pobladores. Esa mañana, tras el show los lugareños nos invitaron a almorzar. Una enorme tabla hacía de una mesa comunal y unos troncos eran las sillas.

No había platos y encima de unas hojas de plátano, nos pusieron un pescado de rio enorme. No había tenedores, ni sal, ni agua para hacer “pasar” el pescado. Pregunté ingenuamente si había algún punto de luz para conectar mi celular cuya batería estaba por “morir” y con una tierna sonrisa una señora me dijo que en ese pueblo no había luz y la palabra Wi-Fi ni la habían escuchado.

Comencé aprobar el pescado y a conversar con los pobladores. Me contaron sus problemas, sus anécdotas, me enseñaron unas palabras en shipibo y luego uno de ellos comenzó a cantar una canción nativa que hablaba del amor a los hijos y a su tierra. Terminamos aplaudiendo, riendo y con un abrazo. Fue uno de los almuerzos más austeros que probé en mi vida y uno de los más maravillosos a la vez.

Y todo gracias a que no había Wi-Fi y no “nos quedó otra” que conversar. Paradójico que el ser humano haya destinado el “desayuno”, el “almuerzo” y la “cena” como un momento de “compartir” con los seres queridos y amigos, y hoy debido a la tecnología comemos más rápido y menos conectados con la gente.

Una profesora de etiqueta social me dijo hace unos días que en una clase instruía a sus alumnos cómo colocar al lado del plato, los cuchillos, tenedores, cucharas y copas y un alumno le preguntó dónde debía colocar el celular.

Para mi esta es la generación de las “cabezas agachadas”. Otros la llaman la generación enchufe, que siempre paran buscando en las paredes donde conectar su celular con el pavor de quedarse sin batería. Algo terrorífico que los hace sentir como náufragos en una isla solitaria y con el temor de “tener” que dar la cara a la persona que se sienta frente suyo.

SIN FOTO NO HAY ALMUERZO

El año 2014 se hizo un interesante estudio en Nueva York que arrojó que la gente ahora se queda más tiempo en las mesas de los restaurantes, pero no necesariamente para conversar más o compartir sino por el celular.

En el 2004 el promedio que se demoraban los comensales en pedir algo que comer era de 8 minutos. Diez años después se demoraban 21 minutos en ordenar. La razón principal era que antes de comer comenzaba su ritual de mirar su celular y revisar sus estados de Facebook para ver cuantos “me gusta” más tenían.

Cuando ya les habían servido el menú. De cada 45 comensales, 26 (más de la mitad) empleaban hasta 3 minutos tomando fotos de su comida.

Asimismo, 14 se sacaban foto comiendo y si las fotos salían borrosas o poco favorecedoras, las volvían a tomar o retocar en su móvil.

El comensal promedio en el 2004 se iba a los cinco minutos después de pagar la cuenta, luego de una década dejaban la mesa 20 minutos después y un 25% de los comensales al salir por estar distraídos viendo sus celulares suelen chocar con otras personas.

Casi el 40% de los comensales piden cambiarse de mesa, para estar cerca de un enchufe donde conectar su celular o porque la luz o el lugar no ayuda a tomarse una buena foto para su Facebook.

Por estar chequeando el celular y su Facebook también ha aumentado el tiempo en que las personas “comienzan” a comer su almuerzo en los restaurantes. Por eso, por ejemplo, en el 2004 dos de cada 45 clientes devolvían su plato para que sea “recalentado”, diez años después la cifra se disparó a casi el 45% de aquellos que decían que su comida estaba muy fría.

La mitad de los camareros confesaron que además de su trabajo de servir y llevar la cuenta, ahora tienen que tomar fotos a los comensales y más en grupo. Esta situación se ha convertido en un dolor de cabeza para los dueños de restaurantes que, por ejemplo, el año 2000 veían a sus clientes permanecían en una mesa un promedio de 65 minutos y hoy llegan en promedio hasta de 1 hora media sentados tras comer y mirando su celular.

Marcos Montero, dueño de un restaurante en Chorrillos, me comentó medio mortificado y en broma a la vez, que cuando hay partidos de Perú, los comensales llegan a su local hasta una hora antes, piden una gaseosa, sacan su celular y se sientan cerca del televisor y no se mueven hasta que termine el partido, ósea hasta ¡3 horas! Consumen lo mínimo, pero se aseguran ver el partido en un local.

“Ese tiempo que están ahí, pierdo clientes que sí vienen a comer. Pero si les digo algo me arman la guerra. Y encima solo vienen a tomarse foto y ni conversan entre ellos. Parecen tarados mirando su celular todo el tiempo”, me decía Marcos.

MENÚ SIN MÓVIL

La Universidad de British Columbia de Canadá hizo una investigación sobre 300 personas que se distraían con su celular mientras compartían comida con su pareja, amigos o familiares y determinaron que eran más propensos a aburrirse y disfrutaban menos con las personas.

La psicóloga Elizabeth Dunn, autora principal de este estudio concluyó que si bien pareciera que los celulares nos mantienen más en contacto con las personas que queremos, usarlo en exceso y sobre todo cuando comes, además de ofender a la otra persona, también genera que no disfrutes al máximo el encuentro, te aburras y perjudiques fuertemente el vínculo con tus allegados.

Finalmente, otro estudio de la Universidad de Zaragoza arrojó que 8 de cada 10 personas están pendientes del móvil mientras comen y un 60% de estos deja el teléfono sobre la mesa mientras “disfruta” de una comida, con el sonido activado claro. Ya se sabe que cada vez que escuchamos y vemos que alguien nos da “me gusta” en el Facebook, por ejemplo, el cerebro segrega un neurotransmisor llamado dopamina, uno de los más adictivos que se conoce y por eso la adicción al móvil.

Si llegó hasta el final de este artículo, está demás hacerle un consejo. Provecho en su próximo almuerzo sin celular al lado.


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