Armando Avalos Espichán

EL CONOCIMIENTO NO ES PODER. Sin estrategia no sirve para nada. La partida de ajedrez que no se podía ganar

Escribe Armando Avalos.- Cuando estamos en la universidad nos dicen una gran falacia. “El conocimiento es poder”. El conocimiento no es poder, es sólo “poder en potencia”. Si en la vida, el conocimiento no lo unimos a una estrategia, no podremos lograr las metas que nos tracemos.

Por eso muchos jóvenes a veces fracasan. Porque creen que solo estudiando o trabajando duro lograran el éxito. El éxito lo alcanzan quienes “además” de estudiar y trabajar duro planifican cómo superar los retos y utilizar “todas sus habilidades” para llegar a una meta. Entre esas habilidades está el manejo de sus emociones.

Pero aquí quiero compartir un ejemplo con el que le enseñé este principio a mi hija Bania cuando era pequeña. Ella tenía unos 10 años y un día emocionada me pidió que le enseñara a jugar ajedrez. Al ver su interés le enseñé los más básico. El movimiento de las piezas.

Una semana después, cuando aún estábamos en el nivel de principiante, me dijo que se había inscrito en un campeonato de ajedrez de su colegio Santo Domingo en Chorrillos. La vi tan decidida que le dije, es momento de “clases intensivas”.

Unos días después, llegó a casa preocupada y me confesó que, en el sorteo, le tocó en el primer partido competir con el niño campeón del certamen anterior. Un chico cuyo padre era un maestro de matemáticas y ajedrecista consumado.

En ese momento, recuerdo que senté a mi hija en una silla y le dije algo así: “Ese niño es mejor que tú en el ajedrez. Si jugasen 100 partidas seguramente te ganaría en 99 ocasiones y tú podrías ganar solo una vez. Bueno, trabajaremos para que ganes esa única partida”.

En los siguientes días le enseñé una jugada “fulminante” para que en solo 6 movimientos le haga jaque mate al muchacho. No había tiempo para enseñarle varias jugadas. Apostamos todas nuestras cartas a esa única chance.

El día del campeonato, el niño llegó con un tablero de ajedrez profesional de madera y su padre parecía al igual que su hijo, seguro del triunfo. Al papá se le veía como una persona altiva y quedaba claro que lo último que le habría enseñado a su hijo era humildad.

Comencé a observar al niño y me percaté que era muy acelerado e impulsivo. En ese momento tracé una estrategia. Le dije a mi hija que cuando comenzara la partida, el niño seguramente jugaría muy raído porque sabía que era mejor. En ese momento, le indiqué, que ella debía “demorar” lo mas que pudiera hacer el siguiente movimiento. Ello le expliqué, aumentaría la ansiedad del muchacho y comenzaría a desesperarse.

Y así lo hizo. El niño jugó rápido y mi hija demoraba una eternidad para mover cada pieza. El niño reclamaba y el árbitro le indicó que el reglamentario permitía a un jugador tardar hasta un minuto para mover su pieza y lo amenazó con sancionarlo si seguía “presionando” a su rival, ósea a mi hija.

Desde ese momento, el niño entró en crisis. Se agarraba la cabeza, no se podía concentrar y esperaba ansioso para poder jugar su turno, pero no miraba lo que hacía mi hija.

Cuando menos lo esperó, mi hija le hizo el jaque mate y ganó. Esa mañana nos abrazamos con mi hija como si habríamos ganado la copa del mundo. El niño y su arrogante padre no lo podían creer.

El niño pidió la revancha y recuerdo que le indiqué, que él era mejor en el ajedrez, pero había cometido un grave error, subestimar a su rival y no pensar que éste podía con una estrategia vencerlo en la cancha.

Y con ese ejemplo de la vida real, le dije a mi hija esa mañana que, en la vida, de nada sirve tener conocimiento sino trazamos estrategias que nos aseguré el triunfo. Que habrá personas que puedan ser más inteligentes que uno, al menos en su Cociente Intelectual, pero si no saben manejar la frustración, la ira y sus emociones, sufrirán siempre un jaque mate en el tablero donde reposa la realidad.

A veces hay que saber en qué momento pelear, en qué momento parecer derrotado para luego contraatacar, analizar la situación que afrontemos y ver con que herramientas contamos para solucionarlo. Usar nuestra inteligencia emocional para aliarse con nuestra razón y ganar.

En estos tiempos, muchos jóvenes quieren recompensas inmediatas. Como el niño que quería ganar la partida de ajedrez lo más rápido posible y se “olvidaba” de disfrutar el juego. No comprendía que una cosa es querer ganar y otra merecer ganar.

Robin Sharman hizo una reflexión muy interesante cuando un hombre se quejaba de la “mala suerte” que tuvo en su carrera y no se autoanalizaba ni veía que nunca marcó una estrategia para ser el mejor.

Sharman explica que, si uno quiere ser un “top” en la carrera, profesión u oficio que ejerza, al menos durante diez años tendrás que concentrarte en la actividad particular en la que quieras alcanzar la maestría. Esa es la fórmula, muy poco conocida, para alcanzar el auténtico éxito de primera clase: diez años de concentración, esfuerzo y práctica constante. Pero ¿Cuántas personas están dispuestas a hacer eso en el vertiginoso mundo en que vivimos? La gente quiere recompensas de inmediato. Pero la maestría requiere tiempo, esfuerzo y paciencia. Y muchos no quieren asumir ese compromiso. O se rinden demasiado pronto. Y entonces se preguntan por qué no han llegado a ser superestrellas en su trabajo.

Ya sabe, si quiere lograr un objetivo, no solo trabaje duro y estudie, dedique un tiempo a evaluar cómo hacer para lograr el éxito con las habilidades que Dios le dio. Reitero solo el trabajo duro no lo hará rico, sino todos los obreros terminarían siendo millonarios. Busque un camino diferente, pero, sobre todo, sea usted el que haga el mapa.


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