Entrevista

Juan Laura: “El cacao me dio la paz que Sendero me quiso arrebatar”

“Mi pueblo fue incendiado y en los años 70 llegué a Pichari para estar seguro y trabajar. El cacao me encontró. En mi escape de Sendero, mi hija Rosaura casi se cae al río y se muere", cuenta.

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Fotos: Diario Perú 21

Juan Laura recorre la finca despacito como quien pretende dibujar un mapa con los zapatos a medio lustrar. Los árboles dan sombra, pero el calor en Pichari (Cusco) puede ser asfixiante, para cualquiera menos para este hombre que creció en una zona agreste, y que desde niño aprendió a sobrevivir, para luego formar una familia y encontrar la esperanza y la luz que Sendero Luminoso quiso arrebatarle. Se sienta a comer una carambola mientras se anima a recordar: era un niño, flaquito, y con los ojos siempre abiertos. Fue en ese tiempo que perdió a sus padres. En esos días, el pequeño Juan pensó que su vida sería perder. Se equivocó. Pronto se convertiría en un ganador.

Le ganó al hambre, a la soledad. Le ganó a la indiferencia, y le ganó a Sendero Luminoso esa noche que, ya con hijos, logró escapar para instalarse en un lugar que desconocía y que sin embargo comenzó a querer rápidamente al ver que era un terreno capaz de cambiarle la vida.

Juan me invita una mandarina. Luego vamos a almorzar caldo de gallina y pescado frito, y jugaremos con los gatos de la casa. Pero antes, mucho antes, Juan me lleva a un lindero, desde donde puedo ver sembríos de coca. Frunce el ceño. “La línea delgada entre el bien y el mal, entre la legalidad y la ilegalidad. Uno elige el camino”, dice.

Rosaura, su hija agrónoma y gerente de la empresa que han creado, lo mira con admiración. Hace mucho que no veía una mirada tan conmovida: “Soy afortunada de tener un papá como él”. Juan habla de sus hijos con un amor desmedido. Y sus hijos hablan de él de igual manera. Y todos ven en Carmen a la fuerza inquebrantable, la mamá, la señora que hace el chocolate de los Laura. Son unidos, y juntos están aquí y allá, con sus chocolates, sus ganas de enseñar, y sus deseos de ser realmente ejemplares.

Juan Laura fue elegido como el mejor productor de cacao del Vraem en los premios Summum. Está feliz. “Es como una recompensa”, murmura. No es de hablar alto. Su risa es discreta.

-¿Qué se siente cuando los sueños se van cumpliendo?

Tranquilidad, sabe. Mucha tranquilidad. Yo de joven me propuse tener una familia unida, unos hijos que estudiaran, una esposa que compartiera mis ideales y metas. Lo he logrado, y todo se lo debo a una serie de sacrificios alrededor del cacao, el fruto que nos ha permitido salir adelante.

-Escapar de Sendero Luminoso y sobrevivir para contarlo debe ser esa historia que algún día contará a los nietos como si se tratara de una película.

Fue cosa de horas. Yo supliqué a los terroristas que me den unas horas, una noche, para armar mi mochila y despedirme de la familia. No sé cómo ellos aceptaron. Y en ese tiempo, tan breve, salimos con lo que teníamos puesto, incluso uno por un lado y otros por otro. La idea era encontrarnos luego. Fue un riesgo que valió la pena. Fue como una película, pero una película que el Perú no debería volver a vivir. Porque el terrorismo nos ha desangrado, hasta sin pueblo nos ha dejado.

-¿Y cómo tuvo tanto valor?

La familia te da ese valor.

-¿Cómo llegó el cacao a su vida?

La tierra fue generosa. La trabajamos mucho también. Ahora mismo, mi hija Rosaura, que es ingeniera agrónoma, investigadora y catadora de chocolate, nos orienta mucho. Cuando empecé a sembrar, el futuro era incierto y la esperanza grande. Carmen Vila, mi esposa, hace el chocolate, ella se impuso al machismo y hoy es una de las chocolateras más destacadas. Mi chocolate llega a Bruselas y Ámsterdam, y queremos conquistar el mundo.

-Así nació The Chocolate Farmer.

Como un emprendimiento familiar.

-Usted me dijo cuando estábamos comiendo carambolas y piñas que el dinero no lo mueve. ¿Qué lo impulsa a seguir trabajando duro?

Yo quiero ser ejemplo en el Vraem, quiero que las familias vean que se puede vivir tranquilo de manera honesta, del lado de la ley. Tengo a mi hija agrónoma, a otra chef, a una que estudia economía y gestión ambiental. Y un hijo ingeniero. Son brillantes todos.

-Dice Rosaura que cuando se ve a los padres hacer cosas grandes por su tierra, la idea de irse a la ciudad ya no está en los planes.

De eso se trata. Que los hijos amen la tierra, que vean aquí un futuro, ella va y viene, pero aquí es su casa, aquí lee, aquí investiga, aquí se proyecta. Más que palabras, yo quiero ser ejemplo. Cuidamos el ecosistema, el medio ambiente, rescatamos variedades nativas y somos escuelas para muchos investigadores del mundo entero.

-Aquí en Pichari lo admiran y eso se puede sentir.

Agradezco al cultivo del cacao porque he logrado un futuro para mis hijos. La finca Nueva Esperanza recibe visitantes de todo el mundo, jóvenes que quieren aprender y somos una escuela gratuita. ¿Me admiran? Yo solo quiero que tengan claro que los cultivos ilegales no son un futuro. Debemos sembrar el mañana con acciones buenas. No sembrar coca es también cuidar el medio ambiente, la biodiversidad. El cacao tiene mucha bondad, no da un montón de plata; sin embargo, genera atención, incluso del propio Estado, y de programas como Devida.

-¿Su hija dice que las mujeres a veces son discriminadas en el Vraem?

Sí, pero eso ha cambiado poco a poco. Mi esposa Carmen es una mujer muy empoderada y hoy es una chocolatera que muchos siguen porque domina la técnica. Y mi hija Rosaura no se calla nada, es una luchadora.

-¿La finca es su lugar favorito del mundo?

Claro que sí. Además del canto de los pájaros, nuestro cacao convive con frutas y orquídeas.

-¿Se conoce la finca de memoria? ¿Hasta sabe la historia de cada árbol?

Mi hija y yo conocemos la finca de memoria. Esto nos sirve para enseñar a los visitantes, a los profesionales que investigan.

AUTOFICHA

-“Nací en Apurímac hace 65 años, pero viví en Natividad (Ayacucho). Dejé mi pueblo por el terrorismo. Me instalé en Pichari (Cusco), el corazón del Vraem. Gracias al cacao he podido educar a mis hijos, y ahora queremos conquistar el mundo. Somos muy unidos y gracias a ello hemos salido adelante”.

- “Sendero Luminoso fue una amenaza. Los terroristas me quisieron llevar, pero yo les pedí unas horas, una noche más para arreglar mis cositas. Así fue como pude escapar. Fue el destino, una lucha contra el reloj. Mi esposa Carmen, una mujer valiente, me apoyó en todo”.

-“Natividad fue incendiado por Sendero Luminoso. Muchos aquí (en Pichari) optaron por el sembrío ilegal de hoja de coca para subsistir, pero yo no lo hice porque mis padres, aunque murieron cuando yo era muy niño, me dejaron valores. Yo quiero una vida tranquila, una vida ejemplar”.

Fuente: Diario Perú 21


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