Armando Avalos Espichán

El éxito de una serie: Contar historias y ya no hechos

Escribe Armando Avalos.- Donald James Yarmy, disparaba frenéticamente su ametralladora contra los japoneses. Tenía 16 años y mintió en su edad para poder enrolarse en la Infantería de Marina de los Estados Unidos. Esa mañana de 1942 en las islas Salomón, ninguno de los soldados que veían a ese muchacho pelear con tanto valor, podría cruzarse por su mente, que muchos años después, conquistaría al mundo con su humor y al dar vida al personaje del Súper Agente 86.

En la Batalla de Guadalcanal, no había zapatófonos para pedir ayuda ni podría recibir el auxilio de los científicos de CONTROL como en la popular serie. Esa mañana Donald James Yarmy quien tres años después adoptaría el apellido de su esposa y seria conocido como Don Adams, peleaba por su vida. Recibió un disparo y quedó herido. Siguió luchando y viendo caer muertos a todo su pelotón.

Cuando terminó el enfrentamiento, fue evacuado herido a un hospital de campaña, dejaba atrás, los cuerpos de los 9 soldados y el cabo que habían peleado junto a él.

Mientras era atendido en el hospital, nuestro Súper Agente 86 contrajo fiebre de aguas negras, una grave complicación de la malaria. El 90% de las personas que contraían este mal morían al poco tiempo.

Durante un año, estuvo internado en un Hospital de la Marina en Wellington en Nueva Zelanda. Y fue ese tiempo que pasó gravemente enfermo y ver el horror de la guerra, lo que le dio al popular cómico una visión diferente de la vida.

Después de la guerra se dedicó a alegrar a la gente. Empezó una carrera artística como comediante, la cual llegó a su punto crucial cuando dio vida al despistado personaje del agente Maxwell Smart en “Súper agente 86”. La antítesis del detective. El que siempre pedía dialogar con “El Jefe” en el “Cono Del Silencio”, un aparato que nunca funcionaba. El que pese a su torpeza lograba descubrir los planes de CAOS y salvar al mundo.

Pocos sabían, de este episodio de la vida del Súper Agente 86. Fue un tema doloroso para él y del que nunca habló abiertamente.

Conocer historias como ésta que vivió el popular Agente 86 en la vida real, es según la investigación de la neurociencia, lo que activa y “despierta” la atención del cerebro más que oír la narración de hechos.

En estos tiempos donde a veces prima el individualismo, se ha perdido la costumbre de contar historias y la mayoría de los comunicadores y periodistas se limitan a reportar hechos. Y eso es lo que está llevando a la televisión a la actual crisis que afronta en sus contenidos.

Contar historia  implica desarrollar la empatía. Que no es más que ponerse en los zapatos de las demás personas. Y eso no lo puede hacer quien, ya sea reportero, conductor de un programa o director de un noticiero, no se involucra en el personaje y busca contar su vida. Porque sólo buscará contar la vida de otras personas, quien de verdad trate de ayudar. Y solo buscará ayudar a la gente a través de su profesión, quien le encuentre un sentido a la labor que ejerza.

En mis conferencias pregunto siempre ¿Por qué informamos? Y casi la totalidad de estudiantes afirman “para tener la primicia”, “para ser primeros” y siempre les digo que sacamos una información para servir a la gente. Eso nos da un sentido y objetivo superior. Si no estamos condenados a buscar sólo el rating, el dinero o la fama. La fama es efímera y el dinero sin objetivo nos lleva a una vida vacía.

Don Adams en la foto que le tomaron para reclutarse en la Marina de Estados Unidos y cuando fue a pelear en  la Segunda Guerra Mundial. 

Don Adams dando vida a su papel de Maxwell Smart, el Súper agente 86.

LA SENTENCIA DE LA NEUROCIENCIA

Muchos de los que estamos en televisión nos hemos hecho la siguiente pregunta ¿Cuál es el secreto para tener una producción de televisión exitosa? Nadie tiene la varita mágica para dar esta respuesta. Pero la neurociencia parece al menos tener una respuesta más aproximada.

En un reciente estudio analizando los cerebros de las personas y cómo estas reaccionaban al ver un anuncio de televisión, la empresa Neuro-Insight determinó que a la gente no le gusta que le digan las bondades de un producto hasta el cansancio. El estudio confirmó algo que nos enseñan desde los primeros ciclos de la universidad. Que una buena historia es la forma estupenda de llegar al corazón de la gente y mantenerse en su mente.

Según la investigación, se analizó 150 anuncios televisivos de medio centenar de agencias y vieron cómo el cerebro de las personas estudiadas respondía al verlo. A todos se les colocaba sensores para medir las áreas cerebrales que se activaban, entre ellas las zonas relacionadas a las emociones y la atención.

Los anuncios que contaban hechos fueron menos recordados por el público que aquellos que narraron historias (más de 9% a favor de las historias). Estos resultados son válidos para el análisis de otros contenidos audiovisuales como reportajes, noticias y documentales.

Otro dato importante, es que a las personas se les grabó en un 17% más en su memoria, las marcas y productos  que eran mostrados a través de historias versus aquellos que eran mostrados en forma tradicional. La neurociencia está demostrando que los datos funcionan mucho menos que los historias.

Actualmente  los canales de señal abierta en Perú afrontan una crisis de contenidos, porque en un grueso de su programación dan prioridad a ofrecer violencia, crímenes, escándalos y noticias donde primas los hechos y pocas veces las historias.

En estos tiempos, la gente ve abrumadoramente más los canales de cables, el internet y cada vez menos la señal abierta. La discusión puede ser larga y apasionada. Pero hay un elemento que va más allá de la opinión. Los resultados concretos de la neurociencia. El público quiere que le cuenten historias que puedan despertar en ellos emociones, deseos de imitar y los cautiven.

Un principio básico en el aprendizaje. La gente no aprende tanto por lo que uno le pueda decir a una persona, sino por el ejemplo. Y en el caso de la televisión, los ejemplos solo se pueden transmitir al contar las historias de personajes que le sean significativos a la gente.

Netflix demostró al mundo que los métodos tradicionales de ver televisión ya no funcionan. Antes era impensable que un medio difundiera de corrido “todos” los capítulos de una serie para que la gente si deseara lo pudiera ver completo cuando quisiera. Antes las cadenas de televisión transmitían sus novelas o series durante meses y lo que es peor, cuando veían que resultaba, “aumentaban” más capítulos con tal de mantener cautivo a los televidentes. Ello ya no funciona.

Netflix apela ahora a contar historias en sus espectaculares series. Usa mucho de los principios de la neurociencia, que está permitiendo conocer del cerebro humano y la reacción que tiene al presenciar una producción televisiva. Y por ello tiene el éxito que todos ahora reconocemos.

Da más de lo que la gente pide y eso crea fidelidad. Además le cuenta historias y despierta el abanico de emociones que hace que la gente se quede prendada. Netflix está un paso adelante en su rubro e investigó lo que la gente necesita y así planifica y elabora sus contenidos. Éxito garantizado.

LA ÚLTIMA MISION DEL AGENTE 86

Ya sea el Súper Agente 86 en los años 80 o la Casa de Papel en este siglo XXI, lo cierto, es que cuando el público ve historias de gente como ella que se convierten en protagonistas de hechos espectaculares, se identifica y lo vive con intensidad.

Ahí se activa una neurona llamada espejo o neurona de la imitación. Esa neurona es la que hace que vivamos como propio la acción que vemos en pantalla. Es una neurona que explica por qué cuando vemos una novela o película conmovedora, lloremos. Porqué cuando vemos a nuestro héroe derrotar a los malos de la serie, nos sintamos también como él. Porqué cuando vemos un partido de futbol, gritamos y sudamos con cada jugada. Y la razón de la fuerza de esta neurona espejo, es porque al activarse, el cerebro humano también segrega o produce un neurotransmisor llamado dopamina ligado al placer. Es una de las sustancias más adictivas conocidas hasta el momento.

En resumen, al ver una historia significativa, nuestro cerebro se identifica a través de la neurona espejo y se enamora y emociona hasta el tuétano por la dopamina.

La televisión como todo en la vida cambia. La historia es un proceso dinámico. La estrategia que antes resultó en el pasado, quizá ya no resulte ahora. Pero a la luz de lo que nos dice la neurociencia, hay algo que está en los genes del ser humano como especie. En la historia evolutiva del hombre. Desde la cavernas cuando los abuelos narraban los mitos y tradiciones a los niños al pie de la fogata, a este siglo cuando las familias compran su canchita y se ponen a ver las series de Netflix en la sala o en sus celulares. Son las historias son lo que activas cerebros y fantasías.

Y los dejo con una reflexión que hizo justamente Don Adams o el Súper Agente 86 en el 2010, cuando le preguntaron sobre la muerte. Aquella que vio tan cerca en la Batalla de Guadalcanal.

Dijo: Planeo vivir por lo menos cien años…Si no sucede de esa manera. Sólo quisiera decir que no quiero un gran funeral, no quiero flores ni cosas como esas. Sólo quiero que unos pocos amigos se reúnan a mi alrededor…!y traten de resucitarme!.

Un final inesperado que arrancó una carcajada y que comenzó como parte de su historia personal. Sorprender y narrar historias, dos elementos a tener en cuenta para reinventar la televisión.

 


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