Mike Vargas Armas

El castigo del trabajo

Hombre que recorre las calles de Jauja en su triciclo ofreciendo servicio de carga.

Escribe Mike Vargas Armas.- En la sociedad actual, el trabajo es una anestesia que, favorece la imposición de una determinada manera de vivir a los trabajadores miserables: una vida rutinaria y uniformizada. El imperio de una vida estandarizada, entorpece la germinación de otros estilos de vida. Anula la mínima intención de cambiar de perspectiva, es decir, la iniciativa de mirar la vida de un modo diferente de lo que ha establecido el mercado, los medios de comunicación y la industria alimentaria. Así, en palabras de Pessoa, todos se contentan con ser: casados, fútiles y tributarios.

Las personas, al quedar atrapadas en el claustro de la vida rutinaria, sometidas a las actividades técnicas, utilitarias, monótonas y esclavizadoras, puesto que su única fuente de supervivencia es el trabajo de esa naturaleza, se ven privadas de los espacios donde prospera la conversación, reflexión, comunicación; las cuales otorgan una posibilidad para gestar una nueva perspectiva para proyectar la vida de manera distinta.

En la novela Claraboya, el Premio Nobel José Saramago, mediante el personaje Silvestre protesta expresando que, la vida debe ser interesada a todas horas. Lo necesario es que la vida se proyecte, que no sea un simple fluir animal, inconsciente como el fluir del agua en la fuente. Pero la vida de los trabajadores es un simple fluir animal que descansa envuelto en el manto del aburrimiento, angustia y cansancio.

Con la mayoría de las personas sometidas a trabajos inhumanos, en una región o en un país, más aún, en el mundo entero, ¿cómo se puede elaborar un proyecto de vida equilibrada a escala humana? El escritor argentino Ernesto Sabato, en La resistencia manifiesta que, si nos volvemos incapaces de crear un clima de belleza en un pequeño mundo a nuestro alrededor y solo atendemos a las razones del trabajo, tantas veces deshumanizado y competitivo, ¿cómo podremos resistir? En el mismo sentido, Stephan Lessenich, sociólogo y profesor de la Universidad de Múnich, autor de La sociedad de la externalización sentencia que, solo cambiando la manera en que consumimos y producimos dejaremos de vivir por encima de las posibilidades de los demás.

Lo que sucede es que hemos descendido hasta el fondo del abismo, o sea, la estructura social y económica del presente periodo, está experimentando con intensidad la manifestación enfermiza de las relaciones sociales. Esto significa que, en el proceso de relacionarse unas personas privan de oportunidades a otras, sometiendo a un daño irreparable. El daño de unos a otros, por ejemplo, se manifiesta, justamente, en la vida de los trabajadores indigentes, quienes están obligados a laborar más allá del propósito a cambio de un sueldo mísero, el cual lo único que sirve es para que recuperen sus energías gastadas durante la jornada laboral para continuar trabajando al siguiente día.

Estamos viviendo en una sociedad enferma sin posibilidades para brindar una vida digna y decente a las personas. En efecto, el descontento de los trabajadores indigentes se levanta, aunque inconsciente, débil y fragmentario, puesto que es incapaz de orientarlos a una lúcida y auténtica resistencia.

La incapacidad de los trabajadores indigentes para resistir y dar un giro a la forma de vida que llevan, se debe a que están sufriendo el colapso de su juicio crítico. Al perder sus espacios libres, perdieron al mismo tiempo la capacidad para reflexionar su vida, su manera de actuar y de proyectarse. Por consiguiente, como lo sustenta el pensador surcoreano Byun-Chul Han en La sociedad del cansancio, el ser humano en su conjunto se ha convertido y ahora solo es una máquina de rendimiento sin juicio, cuyo objetivo es funcionar sin alteraciones para maximizar la producción.

La contracara de la sociedad de maximización de rendimiento, es el cansancio y el agotamiento excesivo. El cansancio extremo obliga a los trabajadores a ocupar sus horas libres de los fines de semana en diversiones fútiles como las fiestas nocturnas, ir de compras al supermercado por mandato de la publicidad, paseos efímeros en familia. Todo esto es la catarsis colectiva que les ayuda a seguir viviendo y trabajando.

En una sociedad tan adversa, dolorosa y oscura, en la cual la masa trabajadora se encuentra cansada y ciega, la pequeña ilusión de cambiar de vida, cada vez más se apaga. Pero la cuestión no es resignarse. Como diría Ernesto Sabato, resignarse no es una manera de resistir. Por ahora, colectivamente hemos decidido no ser conscientes de lo que implica nuestro modo de vida actual y sus consecuencias. ¿Acaso lo que importa ya no es el dónde y cómo vivir, sino el cómo sobrevivir?  

Fuente: Mike Vargas Armas


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