Compartiendo diálogos conmigo mismo

¿Puede alguien olvidarse de quien lo ama?

Todos tenemos tras de sí,

historias de gozos y dolor;

instantes de amar mucho,

y también de querer odiar;

momentos de heroicidad,

y de lavarnos las manos;  

alientos de mil sacrificios,

y aires que nos desaíran;

sin pensar en lo que soy,

y he de ser, ¡siempre amor!

 

Sólo hay que mirar la Cruz,

y verse en ella, y por ella,

interrogarse y proclamar,

el padecer más compasivo,

el sentir más esperanzado,

el vínculo más deseado,

para entrar en comunión,

para vivir en comunidad,

con la victoria del perdón,

y nada de venganza, ¡nada!

 

Despojémonos de violencias,

vaciémonos de voz sin alma,

activemos el silencio a diario,

hagamos el corazón sin más.

Que sus latidos nos conduzcan,  

que ellos son la verdadera luz,

nos animan y reaniman el ser,

a tomar el pulso de la vida,

a desvivirnos por los demás,

y para los demás, ¡en armonía!

 

Para poder levantar los ojos,

se requiere grosor de humilde,

tiempo para poder crecer,

en el abrazo y en la piedad;

y espacio, para volar y vivir.

Porque uno tiene que ser

uno mismo, para volver

a quien dio la vida por todos,

para como esclavo, ¡servirnos!

y como torturado, ¡redimirnos!

 

Víctor Corcoba Herrero / [email protected]


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